Primavera

Que tibia que es la primavera. No hace ni frio, ni calor. Es careta.

Siempre pienso que si fuera una persona, sería una contadora de unos 40 años. Hubiera nacido un 29 de febrero y estaría soltera. Me la imagino usando unos pantalones gastados y un suéter  color bordo enganchado. Su único plan de domingo seria arreglar el jardín, aunque no haga falta. De postre comería ensalada de frutas. Aunque siempre la deje por la mitad, ya que se tomaría todo el jugo primero. Ansiosa. Abandonaría al resto de las frutas, en el pote, secas, esperando a que vuelva a que el jugo que ahora se encontraba dentro del estómago de aquella odiosa mujer estómago que estaría cubierto por un horrible suéter bordo.

Si la primavera fuese un perro, sería a la una cruza entre un salchicha, alegre y juguetón, y un Cocker, cansado y viejo. Dormiría de la siesta en el pasto, con la mitad de su cuerpo a la sombra y la otra al sol. Saldría a pasear casi avergonzado de su dueña y de su horrible suéter bordo.

Chino

Entro. Entro y me choco con esas cortinas de plástico duras. Me pregunto porque no las cambia, o no las saca. Saludo, pero no me responde. Mi único objetivo es comprar café y azúcar, empiezo a buscar pero no hay caso. Le pregunto donde están, a lo que responde señalando vagamente a un estante y diciendo unas palabras confusas, entre castellano y chino que no llego a entender. Camino atontado hacia donde señala, pero no local encuentro. Me grita y bajo presión agarro cualquier azúcar y cualquier café y voy a la caja. Para mi mismo pienso: ¿que necesidad de cambiar las cosas de lugar?.

Llego a la caja y torpe busco la palta en el bolsillo del joggin. Se me cae un billete de diez pesos y un papel de chicle, los levanto y cuando subo me mira mal. No le cabe una. Por fin le pago, lo saludo de vuelta y otra vez no me responde. Paso por las cortinas; que casi hacen que se me caiga el frasco de cafe. Me pregunto otra vez: ¿por que no las saca?

Perros

No puedo ver a un perro en la calle sin querer cruzarme de vereda. Les tengo terror. Me cruzo de vereda porque sé que ellos no cruzan. El asfalto es mi único héroe a la hora de salir a la calle. Los perros lo evitan.

Me gusta pensar que hubo un pasado reñido entre los perros y el asfalto. Una especie de guerra, que se vivió antes de mi nacimiento, y que, aunque sigue en pie, ahora son solo amenazas. Los perros ladran, en asfalto sube la temperatura y los controla. Cada vez que pienso en esto, tengo una discusión interna: ¿de qué lado están los autos?. Hay solo dos opciones: o son perros evolucionados, que aprovechan y atacan al asfalto de cerca, o son agentes del asfalto que mantiene a los perros en la vereda.

Seguramente ninguna de las dos opciones es acertada. Sospecho que los verdaderos agente del asfalto   son los gatos. Animales creados por el enemigo de los perros. Inteligentes, independientes y limpios. Pero… a los perros, ¿quien los creo? Bueno, de eso no estoy seguro, pero tampoco lo estoy de todo lo demás.

Lo único que se, es que los perros me odian, y yo, a ellos. El asfalto me defiende, solamente porque no me puede atacar.

Bandeja de plata

No cesaban. Las voces no cesaban. La oscuridad allí era absoluta, a él no le gustaba la luz. El mayordomo siempre tropezaba debido al capricho de su patrón. 

Camina. Camina despacio, con miedo a tropezarse. El vaso y las píldoras tambalean, arriba de esa tallada bandeja de plata y oro. Alguna vez esta bandeja había servido en las más sofisticadas reuniones. Fiesta que juntaban a gran cantidad de gente de la clase más alta, la más sofisticada de su país. 

Estaba cerca, los escalones crujían. Faltaban sólo nueve. Los gritos Se escuchaban cada vez más fuerte, tenía ganas de irse, de volver a un lugar seguro, donde no lo puedan atacar.

El picaporte estaba frío, tenía un tallado similar al de la bandeja. Al bajarlo, lo invadió un escalofrío que nunca antes sintió. Estaban allí, Arrodillados gritando por piedad. Todas esas personas que alguna vez habían sido de las más sofisticadas sus ropas, exclusivas pieza de diseñador, estaban llenas de sangre, de su sangre. Esos complicados apellidos, asociaciones y negocios, no podían sacarlos de allí.

El vaso caso, las píldoras desaparecieron, la bandeja comenzó a rodar, la sangre se extendía, por esas brillosas baldosas, que antes, sirvieron de Apoyo para los lujosos muebles que allí había. El mayordomo sabía suicidado, lo había hecho frente a toda la fiesta, que hace un momento reía.

No era fácil de creer, se suponía que esas fiestas eran secretas. Sus contenidos no podían ser divulgados. Ninguna persona podría entender el porqué de aquellos ritos.

Cine como experiencia Religiosa: Amor

El cine me enamoró. Fue a primera vista. No creo en el amor a primera vista, no existe tal cosa. Pero con el cine fue distinto. Tal vez haya sido porque la vista es uno de los sentidos que se involucra a la hora de ver una película, o, tal vez simplemente fue porque tenía que ser. Tampoco creo en el destino. Creo que, si nos quedamos esperando a que algo pase, lo único que va a pasar es que vamos a estar sentados m. Pero el cine, con el cine fue distinto. Tampoco creo mucho en el amor, creo que es un sentimiento sobrevalorado, se puede sentir el mismo o más amor por un perro que por una pareja, sin embargo elegimos a la pareja. Pero con el cine, con el cine fue distinto.

No recuerdo el día en que me enamore del cine. Creo que la razón de la ausencia del recuerdo, sea porque éste no existe. No. No creo que haya sigo algo de un día. Nunca dije: – Uh! Me gusta el cine!

Fue un proceso parecido al de hacer una película, pero que dio un resultado infinito: una pasión.

Cine como experiencia Religiosa: Miedo

La única sensación que se comparaba, e incluso llegaba a superar, algunas veces, a la adrenalina y las ganas de ver la película, era el miedo de que alguien alto se siente adelante.

Retirar las entradas, entrar a la sala, buscar el asiento, son momentos emocionantes, pero no llegan a compararse con ese miedo. El temor a que la cabeza de algún espectador tape la cara de gloria del héroe al ganar la batalla.

Eran sensaciones. Sensaciones fuertes. Fuertes como la voz de la desubicada que le explica la película al hijo, y que tapa el grito de Luke al enterarse de que Darth era su padre.

Cuando terminaba la película, el hombre alto se iba, la mujer hacía silencio. No estaban. Entonces, salía. Salía y me encontraba en el contacto pasillo cálido, rodeado por puertas que, mal cerradas, dejaban que escuche la señora canciones de Mamma Mía o los gritos de los compañeros de colegio de Carrie. Seguía por el pasillo hasta toparme con aquellas blancas y altas puertas. Estaba a un solo paso, de salir a aquel real mundo, de abandonar por siempre a la película.

Y salgo, de repente, la luz me ciega, los gritos de la gente me aturden. Pienso. Pienso y, no son gritos, son discusiones, ¿que película vemos? ¿2D o 3D?.

Veo a la gente, y pienso, ¿tendrán miedo de que alguien alto se siente ser delante?, ¿o ellos seran los altos?

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